Se dice que hay quien muere con las botas puestas, y se dice, porque hay quien nunca en su vida se las ha quitado.

José María Sáenz de Tejada se ha ido a los 96 años. Muchos años y muy bien vividos, no porque hayan sido un camino de rosas, sino porque han sido muy plenos, muy llenos, repletos de servicio hacia los demás. Quizá hoy José María volvería a suspirar con paciencia desde el cielo si dijéramos que se fue quien fundó Desarrollo y Asistencia, porque “él –decía-, no había fundado nada”. Por eso no lo diremos aquí: diremos que se fue nuestro primer presidente y hasta hoy, mejor, hasta siempre, presidente de honor.

Después de toda una vida profesional en el Ejército hasta llegar a ser Jefe del Estado Mayor, no dudó cuando  llegó el momento de retirarse,  en seguir viviendo al servicio de la sociedad. Con 75 años, cuando muchos piensan en su ya merecido descanso, José María puso en marcha junto con un reducido grupo de amigos, Desarrollo y Asistencia. Durante los 10 años que estuvo al frente de la Fundación, la vio crecer como  nadie hubiera imaginado. Impulsó nuevos programas de acompañamiento, afianzó estructuras y procedimientos y juntos, como él decía, “fueron aprendiendo el concepto auténtico del ser voluntario”.   Fueron unos años en los que nos dejó, como dice Mar Garrido quien trabajó tan cerca de él,  “un legado claro: que el voluntariado se hiciera persona a persona; que fuera auténtico porque se buscaba comprender al otro considerándolo como uno mismo; y que la ONG fuera un espacio de solidaridad donde cupieran todos”. Como él mismo  decía “todos los voluntarios han de adquirir conciencia de cuanto se encierra en la persona humana, su propia dignidad y su propia libertad, la igualdad de todos, con la misma naturaleza y el mismo origen. También con sus problemas y preocupaciones, con sus alegrías y sus esperanzas y con una realidad personal propia, insustituible.”

De una gran talla humana, podríamos resaltar en él tres aspectos que reforzaban su sabiduría: el sentido común, el sentido de la medida y el sentido del humor. Y todo ello lo ponía al servicio de los más vulnerables. Cuando dejó la presidencia de DA, continuó como voluntario en el Hospital Puerta de Hierro y en la Residencia Sanyres de Aravaca. Y allí estuvo hasta el final, hasta que su cuerpo no pudo más y dijo basta.  Allí estuvo acompañando a enfermos y a personas mayores que sufrían el peso de la soledad, contribuyendo con su buen hacer que se sintieran aliviados, valorados, queridos.

José María ha visto irse a muchos de aquellos con los que empezó DA y algunos también de los que vinieron a lo largo de los años. Un buen grupo de voluntarios y voluntarias que le habrán recibido agradecidos, por haberles dado la posibilidad de formar parte de Desarrollo y Asistencia, Y quién sabe, hasta quizá lo hayan nombrado de nuevo presidente de honor, esta vez de aquella sucursal que Desarrollo y Asistencia  tiene en el cielo.